PARTICIPANDO EN EL DEBATE ELECTORAL
Hagamos del debate electoral un cursillo que eduque a
las masas, proponía el dirigente revolucionario Francisco
Mosquera S. (1943-1994) al observar que los colombianos, siendo en este período
muy proclives a escuchar los planteamientos políticos; animaba a los marxistas
y revolucionarios a que aprovecharan la campaña, de una parte para exponer ante
las masas trabajadoras su pensamiento y sus programas y desvelar las artimañas
con que los regímenes oligárquicos hasta el presente nos han gobernado, y de
otra para proponer la forma de organizarnos para derribar este Estado y sus instituciones
al servicio del imperialismo norteamericano, con el que los colombianos nunca
lograremos un futuro de progreso y bienestar. Pues bien, como vivimos en un
país donde la clase dominante —oligarquía y terratenientes— mediante el gobierno del cambio
se ha mantenido bajo yugo estadounidense, tampoco, entonces, la problemática
relevante del país podía resolverse.
Los matices administrativos y reformas introducidos
por el actual inquilino de la Casa de Nariño, además de desorientar a una gran
masa de colombianos, ejecutan la agenda diseñada desde Washington para honra y
mejora de los intereses extranjeros establecidos, que, por supuesto, se contraponen
al interés nacional. Veamos:
No obstante, algunos miles de hectáreas compradas con
el dinero de los contribuyentes —¡léase bien, compradas!— y entregadas a los
campesinos, en el campo la gran propiedad terrateniente improductiva sigue
siendo la norma, como ausente el remedio contra atraso y adversidades del agro;
el remedio empezaría con la aplicación de la consigna "la tierra para el
que la trabaja", es decir, que se expropien —¡léase bien, expropien!—los
terrenos ociosos y se les entregue a los campesinos pobres para que los
trabajen, eso sí, agregando el compromiso de reducir la importación de alimentos
para que el mercado, antes que otras especies, absorba la producción agrícola
nacional. De otro lado, inviernos y veranos alternadamente asolan los campos
dada la infraestructura inapropiada o con viejas construcciones incapaces de
soportar los fenómenos naturales que de antemano, cual crónica de una muerte
anunciada, los climatólogos advierten dónde y cuándo desatarán sus
furias.
La industria nacional día a día se recrudece en
competencia desigual con las mercancías extranjeras que con suma facilidad
copan nuestros mercados debido a los privilegios oficiales a la intermediación
con las multinacionales extranjeras, a tal punto que un empresario criollo para
sobrevivir ha de reducir la planta de personal y debilitar sus negocios hasta
la informalidad.
Los colombianos, prácticamente, no hemos tenido paz
desde los mismos estertores de la Guerra de los mil días. En los cinco
últimos lustros del siglo XX y lo transcurrido del presente siglo, las mal
llamadas guerrillas, al constatar que por el mayor rechazo que simpatía
popular, ninguna de sus guerras podían ganar, de una parte convergen en la
práctica del delito, incluidas sus más siniestras variedades; de otra parte,
canturrean a coro las intrascendentes proclamas de paz y derechos humanos, de
tal suerte que llevan 50 años ininterrumpidos en negociaciones con el gobierno
de turno. El capítulo más reciente lo denominó el presidente Petro como la paz
total y ya vemos los resultados: los grupos fuera de
la ley se fortalecen a la par que excarcelan criminales y les exoneran de sus
delitos para renombrarlos gestores de paz; nombran estéril burocracia, dilapidan
dinero, realizan reuniones a granel —aquí y en cualquier parte del mundo— y
copan los titulares de prensa, sin que en los casi cuatro años de gobierno se mermaran las distintas
modalidades del delito: masacres, paros armados, asonadas contra la actuación
del estamento militar, secuestro, asesinato, extorsión, etc. En paralelo, la
ciudadanía clama a gritos por seguridad frente a toda clase de delitos
“comunes” en calles y veredas.
La tan mentada lucha de los EE.UU. contra las drogas,
que el presidente Petro en algún momento de lucidez calificó como una farsa,
entre otras razones porque es en aquel país donde se quedan los dividendos del
suculento negocio, terminó aceptando su escondido propósito: atemorizar al
gobierno colombiano para que con mayor prontitud acatase los requerimientos de
Washington en la materia que fuese.
Nunca será suficiente insistir que la solución de los problemas
principales del país y sus gentes no se dará mientras persista la subordinación
de las clases dominantes y gobernantes a los intereses de Norteamérica, país
que, en el límite de la degradación, satisface sus más siniestros apetitos
utilizando los pertrechos que mejor le funcionen: desde la violencia militar
directa hasta el sabotaje, la corrupción y el soborno. De boca de los
candidatos a la presidencia brotan las falencias que nos aquejan, pero la falta
de soberanía nacional, misma que ninguno de ellos menciona, impedirá las
soluciones que parlotean. Con estos personajes, sean de la vieja como de la
“nueva derecha” —falazmente calificada como izquierda—, el atraso, la
informalidad, la violencia e inseguridad, la corrupción, el apetito alcabalero,
etc., no cederán; y tampoco perdurarán en el tiempo las pretendidas bondades de
las reformas petristas.
Qué
confianza nos puede merecer alguno de los 14 candidatos a la presidencia como
para votar por él, cuando en esta campaña electoral no se les ha oído una sola
condena a las violentas acciones del imperialismo norteamericano que, en cabeza
del actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, con saña agrede a los
pueblos creyendo librar a los yanquis de lo inevitable: el colapso de su
hegemonía planetaria. La potencia a la que la dirigencia colombiana le ha
obedecido por más de 100 años es la misma que le financia y arma al sionista
gobierno israelí para la desaparición del pueblo palestino, misma que el 3 de
enero violentó a Venezuela, donde, soportado en la traición de la cúpula
chavista, cometió una masacre para secuestrar a su presidente Nicolás Maduro,
misma que el pasado 28 de febrero iniciara con Israel la agresión a Irán asesinando
al líder supremo, el ayatola Alí Jamenei y familia y masacrara a 160 niñas que
estudiaban en una escuela, misma potencia que, a la cabeza de la OTAN y
utilizando a la lacaya dirigencia de Ucrania, asedia a Rusia comprometiendo su
existencia autónoma . Por fortuna, algunos países soberanos —China, Federación
Rusa e Irán— le han plantado a los yanquis una inteligente, tenaz y exitosa
resistencia que con el tiempo el mundo entero les reconocerá.
Ahora
bien, no esperemos a que, en ancas de unas elecciones, algún dirigente con
claridad sobre la problemática nacional e internacional de pronto llegue a la
Casa de Nariño y lo resuelva todo, lo que se espera de un candidato a la
presidencia es que no engañe a la población con promesas falsas y anodinas y, a
cambio, consultando la realidad del país, se comprometa a recuperar los mínimos
principios de independencia y soberanía ante el imperialismo norteamericano y
ante las maniobras de sus agencias multilaterales, FMI, BM, Ocde, etc.
“Detrás
de cada carencia, la subordinación … Detrás de cada solución la soberanía”. Proponemos los
mínimos compromisos siguientes:
- ü
Desmontar
las bases militares estadinenses de Colombia
- ü
Definir
una política contra el narcotráfico diferente a la impuesta por los gringos
desde la década de los 70, siendo aquella un pretexto para entrometerse en los
asuntos internos del país que no ha resuelto el problema a pesar de los costos
incurridos por Colombia. La solución contra el narcotráfico pasa por hacer
próspera y rentable la producción agrícola de tal suerte que el campesino opte
por cultivos necesarios y válidos para la seguridad alimentaria nacional; no
podemos seguir importando lo que nuestros campos pueden producir.
- ü
Declarar
nulo el TLC con los Estados Unidos y proponer relaciones comerciales de mutuo
beneficio con los países que así lo permitan, especialmente con los
fronterizos, que implicaría reducción de costos del comercio exterior.
- ü
La
deuda externa pública, misma que el gobierno del cambio ha elevado a
límites ultrajantes, declararla como inexistente porque nunca se contrajo para
el servicio de la nación ni el pueblo sino para su expolio.
- ü
Apoyo
a la producción nacional sobre la base de reducir importaciones de aquello que
localmente se pueda producir para satisfacer las necesidades del país.
- ü
Poner
los sectores claves de la economía en manos del Estado de tal manera que su
manejo apropiado oriente el futuro hacia la industria pesada.
- ü
El
sector financiero actualmente parasitario no puede inspirar ni ser el
beneficiario de la política económica nacional.
- ü
La
mejor política contra la violencia y la inseguridad parte de medidas que den a
la población certeza en la resolución de sus necesidades básicas; no obstante,
el que comete un delito debe responder ante la ley existente, ante la sociedad
y ante las víctimas
- ü
El
uso de recursos de salud, seguridad social, educación, servicios públicos,
recreación, deportes, etc., no puede inspirar el lucro sino el bienestar de las
personas para que desempeñen con eficiencia su actividad diaria
correspondiente, de tal suerte que un trabajo regular y permanente le genere
los recursos suficientes para dar la estabilidad que su familia necesita.
CONCLUSIÓN
NO ENCONTRANDO CANDIDATO ALGUNO CON ESTOS MÍNIMOS
COMPROMISOS,
TAMPOCO, ENTONCES, HAY POR QUIÉN VOTAR
Votemos
o no —recordemos que normalmente el 50% o más de los electores no acude a las
urnas— Colombia tendrá presidente, quien, con las predecibles diferencias
respecto de sus rivales perdedores, en lo esencial gobernará como advirtiera
Lenin: “El gobierno del Estado moderno no es más
que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”.
Para el caso colombiano, administrará principalmente los negocios de la
oligarquía y los terratenientes, clases colaboracionistas e intermediarias del
imperialismo norteamericano.
Finalmente, los verdaderos cambios requeridos por el
país dependen de la actitud de todos y cada uno de los colombianos; que, en lo
que concierne a la clase obrera, empieza por la construcción de su partido, el partido
del proletariado, capacitado para atraer y organizar al resto de
trabajadores y productores de la ciudad y el campo en un frente popular
proclamado para socavar de raíz la institucionalidad que vivimos y edificar una
nueva democracia de obreros, campesinos, pequeños y medianos propietarios productores
nacionales y demás personajes antiimperialistas. En el futuro próximo,
constatados por el pueblo colombiano los logros de la sociedad de nueva
democracia, el socialismo será un atractivo y una necesidad para todos.
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