miércoles, 8 de abril de 2026

 

PARTICIPANDO EN EL DEBATE ELECTORAL

Hagamos del debate electoral un cursillo que eduque a las masas, proponía el dirigente revolucionario Francisco Mosquera S. (1943-1994) al observar que los colombianos, siendo en este período muy proclives a escuchar los planteamientos políticos; animaba a los marxistas y revolucionarios a que aprovecharan la campaña, de una parte para exponer ante las masas trabajadoras su pensamiento y sus programas y desvelar las artimañas con que los regímenes oligárquicos hasta el presente nos han gobernado, y de otra para proponer la forma de organizarnos para derribar este Estado y sus instituciones al servicio del imperialismo norteamericano, con el que los colombianos nunca lograremos un futuro de progreso y bienestar. Pues bien, como vivimos en un país donde la clase dominante —oligarquía y terratenientes— mediante el gobierno del cambio se ha mantenido bajo yugo estadounidense, tampoco, entonces, la problemática relevante del país podía resolverse.

Los matices administrativos y reformas introducidos por el actual inquilino de la Casa de Nariño, además de desorientar a una gran masa de colombianos, ejecutan la agenda diseñada desde Washington para honra y mejora de los intereses extranjeros establecidos, que, por supuesto, se contraponen al interés nacional. Veamos: 

No obstante, algunos miles de hectáreas compradas con el dinero de los contribuyentes —¡léase bien, compradas!— y entregadas a los campesinos, en el campo la gran propiedad terrateniente improductiva sigue siendo la norma, como ausente el remedio contra atraso y adversidades del agro; el remedio empezaría con la aplicación de la consigna "la tierra para el que la trabaja", es decir, que se expropien —¡léase bien, expropien!—los terrenos ociosos y se les entregue a los campesinos pobres para que los trabajen, eso sí, agregando el compromiso de reducir la importación de alimentos para que el mercado, antes que otras especies, absorba la producción agrícola nacional. De otro lado, inviernos y veranos alternadamente asolan los campos dada la infraestructura inapropiada o con viejas construcciones incapaces de soportar los fenómenos naturales que de antemano, cual crónica de una muerte anunciada, los climatólogos advierten dónde y cuándo desatarán sus furias. 

La industria nacional día a día se recrudece en competencia desigual con las mercancías extranjeras que con suma facilidad copan nuestros mercados debido a los privilegios oficiales a la intermediación con las multinacionales extranjeras, a tal punto que un empresario criollo para sobrevivir ha de reducir la planta de personal y debilitar sus negocios hasta la informalidad. 

Los colombianos, prácticamente, no hemos tenido paz desde los mismos estertores de la Guerra de los mil días. En los cinco últimos lustros del siglo XX y lo transcurrido del presente siglo, las mal llamadas guerrillas, al constatar que por el mayor rechazo que simpatía popular, ninguna de sus guerras podían ganar, de una parte convergen en la práctica del delito, incluidas sus más siniestras variedades; de otra parte, canturrean a coro las intrascendentes proclamas de paz y derechos humanos, de tal suerte que llevan 50 años ininterrumpidos en negociaciones con el gobierno de turno. El capítulo más reciente lo denominó el presidente Petro como la paz total y ya vemos los resultados: los grupos fuera de la ley se fortalecen a la par que excarcelan criminales y les exoneran de sus delitos para renombrarlos gestores de paz; nombran estéril burocracia, dilapidan dinero, realizan reuniones a granel —aquí y en cualquier parte del mundo— y copan los titulares de prensa, sin que en los casi cuatro años de gobierno se mermaran las distintas modalidades del delito: masacres, paros armados, asonadas contra la actuación del estamento militar, secuestro, asesinato, extorsión, etc. En paralelo, la ciudadanía clama a gritos por seguridad frente a toda clase de delitos “comunes” en calles y veredas. 

La tan mentada lucha de los EE.UU. contra las drogas, que el presidente Petro en algún momento de lucidez calificó como una farsa, entre otras razones porque es en aquel país donde se quedan los dividendos del suculento negocio, terminó aceptando su escondido propósito: atemorizar al gobierno colombiano para que con mayor prontitud acatase los requerimientos de Washington en la materia que fuese.

 En fin, que si la democracia, como aseguran, se reconoce en las urnas, lo cierto es que no armoniza con esa abstención electoral endémica (50%) ni con la persistente precariedad de las mayorías laboriosas

Nunca será suficiente insistir que la solución de los problemas principales del país y sus gentes no se dará mientras persista la subordinación de las clases dominantes y gobernantes a los intereses de Norteamérica, país que, en el límite de la degradación, satisface sus más siniestros apetitos utilizando los pertrechos que mejor le funcionen: desde la violencia militar directa hasta el sabotaje, la corrupción y el soborno. De boca de los candidatos a la presidencia brotan las falencias que nos aquejan, pero la falta de soberanía nacional, misma que ninguno de ellos menciona, impedirá las soluciones que parlotean. Con estos personajes, sean de la vieja como de la “nueva derecha” —falazmente calificada como izquierda—, el atraso, la informalidad, la violencia e inseguridad, la corrupción, el apetito alcabalero, etc., no cederán; y tampoco perdurarán en el tiempo las pretendidas bondades de las reformas petristas.

Qué confianza nos puede merecer alguno de los 14 candidatos a la presidencia como para votar por él, cuando en esta campaña electoral no se les ha oído una sola condena a las violentas acciones del imperialismo norteamericano que, en cabeza del actual inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump, con saña agrede a los pueblos creyendo librar a los yanquis de lo inevitable: el colapso de su hegemonía planetaria. La potencia a la que la dirigencia colombiana le ha obedecido por más de 100 años es la misma que le financia y arma al sionista gobierno israelí para la desaparición del pueblo palestino, misma que el 3 de enero violentó a Venezuela, donde, soportado en la traición de la cúpula chavista, cometió una masacre para secuestrar a su presidente Nicolás Maduro, misma que el pasado 28 de febrero iniciara con Israel la agresión a Irán asesinando al líder supremo, el ayatola Alí Jamenei y familia y masacrara a 160 niñas que estudiaban en una escuela, misma potencia que, a la cabeza de la OTAN y utilizando a la lacaya dirigencia de Ucrania, asedia a Rusia comprometiendo su existencia autónoma . Por fortuna, algunos países soberanos —China, Federación Rusa e Irán— le han plantado a los yanquis una inteligente, tenaz y exitosa resistencia que con el tiempo el mundo entero les reconocerá.

Ahora bien, no esperemos a que, en ancas de unas elecciones, algún dirigente con claridad sobre la problemática nacional e internacional de pronto llegue a la Casa de Nariño y lo resuelva todo, lo que se espera de un candidato a la presidencia es que no engañe a la población con promesas falsas y anodinas y, a cambio, consultando la realidad del país, se comprometa a recuperar los mínimos principios de independencia y soberanía ante el imperialismo norteamericano y ante las maniobras de sus agencias multilaterales, FMI, BM, Ocde, etc.

“Detrás de cada carencia, la subordinación … Detrás de cada solución la soberanía”. Proponemos los mínimos compromisos siguientes:

  • ü  Desmontar las bases militares estadinenses de Colombia 
  • ü  Definir una política contra el narcotráfico diferente a la impuesta por los gringos desde la década de los 70, siendo aquella un pretexto para entrometerse en los asuntos internos del país que no ha resuelto el problema a pesar de los costos incurridos por Colombia. La solución contra el narcotráfico pasa por hacer próspera y rentable la producción agrícola de tal suerte que el campesino opte por cultivos necesarios y válidos para la seguridad alimentaria nacional; no podemos seguir importando lo que nuestros campos pueden producir.
  • ü  Declarar nulo el TLC con los Estados Unidos y proponer relaciones comerciales de mutuo beneficio con los países que así lo permitan, especialmente con los fronterizos, que implicaría reducción de costos del comercio exterior.
  • ü  La deuda externa pública, misma que el gobierno del cambio ha elevado a límites ultrajantes, declararla como inexistente porque nunca se contrajo para el servicio de la nación ni el pueblo sino para su expolio.
  • ü  Apoyo a la producción nacional sobre la base de reducir importaciones de aquello que localmente se pueda producir para satisfacer las necesidades del país.
  • ü  Poner los sectores claves de la economía en manos del Estado de tal manera que su manejo apropiado oriente el futuro hacia la industria pesada.
  • ü  El sector financiero actualmente parasitario no puede inspirar ni ser el beneficiario de la política económica nacional.
  • ü  La mejor política contra la violencia y la inseguridad parte de medidas que den a la población certeza en la resolución de sus necesidades básicas; no obstante, el que comete un delito debe responder ante la ley existente, ante la sociedad y ante las víctimas 
  • ü  El uso de recursos de salud, seguridad social, educación, servicios públicos, recreación, deportes, etc., no puede inspirar el lucro sino el bienestar de las personas para que desempeñen con eficiencia su actividad diaria correspondiente, de tal suerte que un trabajo regular y permanente le genere los recursos suficientes para dar la estabilidad que su familia necesita.

CONCLUSIÓN

NO ENCONTRANDO CANDIDATO ALGUNO CON ESTOS MÍNIMOS COMPROMISOS,

TAMPOCO, ENTONCES, HAY POR QUIÉN VOTAR


Votemos o no —recordemos que normalmente el 50% o más de los electores no acude a las urnas— Colombia tendrá presidente, quien, con las predecibles diferencias respecto de sus rivales perdedores, en lo esencial gobernará como advirtiera Lenin: “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Para el caso colombiano, administrará principalmente los negocios de la oligarquía y los terratenientes, clases colaboracionistas e intermediarias del imperialismo norteamericano.

Finalmente, los verdaderos cambios requeridos por el país dependen de la actitud de todos y cada uno de los colombianos; que, en lo que concierne a la clase obrera, empieza por la construcción de su partido, el partido del proletariado, capacitado para atraer y organizar al resto de trabajadores y productores de la ciudad y el campo en un frente popular proclamado para socavar de raíz la institucionalidad que vivimos y edificar una nueva democracia de obreros, campesinos, pequeños y medianos propietarios productores nacionales y demás personajes antiimperialistas. En el futuro próximo, constatados por el pueblo colombiano los logros de la sociedad de nueva democracia, el socialismo será un atractivo y una necesidad para todos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario